abejas grises ucranianas

Un colmenar de abejas ucranianas (Apis mellifera acervorum).

En Apicultura y Miel hemos leído recientemente ‘Abejas grises’, un libro del autor ucraniano Andréi Kurkov. Esta novela cuenta la historia de un apicultor que vive en las regiones del este de Ucrania, ahora invadidas por Rusia. Es un canto de amor a las abejas y a la apicultura, y también un relato perfecto para entender los aspectos más complejos de la guerra que, desde febrero, conmociona al mundo.

 Abejas grises es el nombre que habitualmente se da a las abejas de la especie Apis mellifera caucásica, bastante extendida por Europa y utilizada en Ucrania. Sin embargo, en el libro ‘Abejas grises’, el color no hace referencia al tipo de abejas. Las protagonistas de esta novela de Andréi Kurkov son grises porque viven en la llamada ‘Zona gris’, la tierra de nadie que separaba a ucranianos y separatistas de la región del Dombas en la guerra que los enfrentó entre 2014 y 2022 y que acabó desembocando en la invasión rusa de Ucrania en febrero de este año.

Esa Zona gris, que tenía una longitud de más de 400 kilómetros y una anchura de entre varios kilómetros y unos pocos centenares de metros, quedó prácticamente deshabitada. La inmensa mayoría de la población se fue hacia otras localidades, en función de sus preferencias políticas: unos hacia zonas más seguras de Ucrania, otros hacia poblaciones prorrusas de Donetsk o Lungansk, provincias del Dombas y, generalmente, favorables a Rusia.

Sin embargo, unos pocos habitantes decidieron quedarse en los pueblos de la Zona gris y se acostumbraron a vivir bajo el fuego artillero y los ataques y contraataques de una guerra soterrada que empezó en 2014 y que, a la altura de 2022, había costado ya muchos miles de vidas.

Uno de esos resistentes es el Serguéis Sergueich, un apicultor que vive en la aldea de Malaia Staragradovka. El autor inventa tanto al personaje como al pueblo, pero ambos le sirven para reflejar una realidad muy poco conocida en Occidente y que está detrás de lo que hoy se vive en Ucrania. El resultado es esta novela titulada ‘Abejas grises’, que se publicó en Ucrania en 2018 y que ahora lanza la editorial Alfaguara en España.

La crítica especializada ha acogido con entusiasmo este libro. Su autor, Andréi Kurkov, está considerado uno de los mejores representantes de la literatura ucraniana, y la novela ha sido comparada con la obra de figuras de la importancia de Bulgákov, Murakami o el mismo Kafka. Los analistas destacan, sobre todo, su capacidad para diseccionar las contradicciones de nuestro tiempo y para exponer fríamente el absurdo de esta guerra que vive Ucrania desde hace ya ocho años.

portada del libro abejas grises

Portada de ‘Abejas grises’, publicado por Alfagura.

Una guerra en sordina en el este de Ucrania

La llamada Guerra del Dombas empezó en abril de 2014. En ese momento, en la región ucraniana del Dombas, fronteriza con Rusia y de cultura muy vinculada a la rusa, se produjo un fuerte movimiento separatista. Los prorrusos reaccionaron de esa forma a la caída del gobierno de Viktor Yanukovich, presidente de Ucrania desde 2010 y favorable a una mayor vinculación con Rusia.

Yanukovich fue obligado a dimitir por la llamada revuelta del Euromaidán, de corte proeuropeo. En respuesta a estos hechos, Rusia decidió anexionarse la península de Crimea, donde tenía una fuerte presencia militar y cultural, y, además, animó los movimientos separatistas del Dombas, que declararon la independencia de las repúblicas de Donestk y Lugansk en abril de 2014.

Estas decisiones unilaterales provocaron la inmediata reacción armada del Gobierno de Kiev, que envió tropas para restablecer la legalidad. Estas tropas fueron enfrentadas por grupos armados separatistas apoyados por voluntarios rusos y, de forma soterrada, por la propia Rusia.

Empezó así una larga guerra de bajo perfil, la Guerra del Dombas, que dejó aproximadamente 10000 combatientes y más de 3000 civiles muertos y hechos tan impactantes como el derribo del avión de pasajeros MH17 de Malaysia Airlines y la holandesa KLM, un suceso del que se culpa a los separatistas prorrusos.

El conflicto, con fases más y menos violentas, se prolongaría hasta la invasión de esos territorios por las tropas rusas el pasado 24 de febrero. Ese conflicto bélico se estabilizó en torno a la línea fronteriza del Dombas, que corta el este de Ucrania, de norte a sur. La tierra de nadie a ambos lados de esa línea es la Zona gris donde vive Serguéi, el apicultor de ‘Abejas grises’.

Dormir con las abejas grises, una práctica habitual en Ucrania

Ese apicultor tiene solo seis colmenas, pero son el centro de su vida. En su modesta vivienda, a donde hace tres años que no llega la luz eléctrica y se raciona la comida, todo gira en torno a sus colonias, que pasan el invierno en un cobertizo.

Mientras llega la primavera, Serguéi recuerda la época en que sus colmenas eran famosas porque las alquilaba para que otras personas durmieran sobre ellas. Y es que en Ucrania es muy habitual dormir sobre las abejas: es una forma de apiterapia extendida y muy apreciada por la población. Los practicantes de esta técnica consideran que tiene efectos relajantes, ayuda a dormir, regula la presión sanguínea, calma el sistema nervioso y refuerza el sistema inmune.

 

Para dormir sobre las abejas, se construyen unas pequeñas cabañas. En la parte inferior se colocan las colmenas y, sobre ellas, se instala una plataforma con una colchoneta, de forma que el sonido y el olor de las colonias llegue perfectamente a quien se acuesta en ella.

También se comercializan colmenas-cama, que son dos o tres colmenas unidas en las que viven, de forma independiente, dos o tres enjambres. Sobre su techo se pueden recostar las personas que quieran disfrutar de esta suerte de terapia relajante.

Serguéi, el apicultor de la novela, cosecha miel, polen y cera, pero también alquila por horas sus colmenas para que la gente duerma encima. De hecho, una de las personas que hacen uso de este servicio en la historia es el propio Víktor Yanukovich, antiguo gobernador de la región, que visitaba de vez en cuando las abejas del protagonista y dormía un rato con ellas.

Trashumancia de colmenas por un país en guerra

 La segunda parte del libro es la más interesante. En ella, una vez que ha llegado la primavera, el apicultor empieza a preocuparse por la suerte de sus abejas en una guerra que cada vez golpea más cerca su aldea. Por eso, toma una decisión drástica: sube sus seis colmenas a un remolque, lo engancha a su viejo Lada y emprende rumbo hacia el sur del país, buscando zonas más calmadas.

Lo que sigue en esa llamativa trashumancia apícola es un viaje por la sinrazón de una guerra que cuesta entender con ojos occidentales. De punto de control en punto de control, atraviesa fronteras que solo existen en la lógica bélica y experimenta el miedo y la angustia de los refugiados que huyen de esa Zona gris.

puesto de miel de la apicultura de Ucrania

Puesto de miel en un mercado de Kiev, capital de Ucrania. Foto: Jay Springett, en Flickr.

Tras una serie de visicitudes, acaba en un pueblo de Ucrania, lejos del frente, donde se enfrenta a la incomprensión de una población que le considera prorruso y, por tanto, traidor. Escapa entonces más al sur, a Crimea, donde, paradójicamente, es víctima de los abusos de los ocupantes rusos, que le consideran sospechoso por relacionarse con la minoría musulmana tártara reprimida y acosada por esos invasores.

Así, cargando con sus colmenas, el apicultor recorre la geografía de un país atormentado por la guerra, el nacionalismo y la opresión del imperialismo ruso. Toda una lección de geopolítica desde la perspectiva de un hombre que solo quiere que sus abejas grises puedan pecorear en paz.

Esa angustia por sus colmenas en medio de la guerra se plasma perfectamente en uno de los pasajes más emocionantes de la novela: “Los dos ejércitos, el de la Erredepé y el ucraniano, quedaban ya tras él, así como el rugir de los bombardeos lejanos y cercanos. Dejaba atrás una guerra en la que no había tomado parte, en la que sencillamente había acabado residiendo por casualidad. Sí, había sido residente de una guerra: un destino nada envidiable, pero mucho más soportable para las personas que para las abejas. […] Las abejas no entienden lo que es la guerra. Las abejas no pueden pasar de la paz a la guerra y volver, como hace la gente. Hay que permitirles desarrollar su tarea principal, la única que les es posible, aquella que le asignaron la naturaleza y Dios: recolectar y diseminar polen. Por eso Sergueich tenía que irse, llevarlas allí donde hubiese tranquilidad”.

Ucrania, una potencia apícola sumida en la incertidumbre

La idea de utilizar un apicultor para contar el cataclismo político que ha vivido Ucrania no es tan extraña: se trata del principal productor de miel de toda Europa. O, al menos, lo era hasta el inicio del conflicto.

En 2021, Ucrania produjo casi 100000 toneladas de miel, más o menos el 6 por ciento de toda la producción mundial. De esa miel, una buena parte se envió a países de la Unión Europea, lo que sitúa a Ucrania como el mayor vendedor de miel a la UE, superando incluso a China.

La apicultura ucraniana, con cuatro millones de colmenas, daba trabajo a más de 70000 personas y era, con diferencia, la mayor de Europa. Sus apicultores trabajan sobre todo con abejas carniola y macedónica, y también con la llamada abeja ucraniana, Apis mellifera sossimai, que los ucranianos llaman Apis mellifera acervorum o abejas de estepa ucranianas. trata de una variante que podría ser resultado de una mezcla entre la abeja rusa y la carniola.

La fuerza de la apicultura ucraniana es muy grande, lo que se refleja en hechos como que Kiev tiene uno de los mayores museos apícolas del mundo. Además, en algunas zonas rurales, se conserva la llamada apicultura salvaje, una forma de explotación apícola que consiste en cosechar la miel de las colmenas silvestres alojadas en arboles y oquedades en los bosques. Esta práctica tradicional, llamada también ‘caza de la miel’, se remonta a los tiempos de la Rus de Kiev, el origen histórico y cultural de Rusia, y también de Ucrania. La apicultura está, por tanto, ligada a la esencia misma de este pueblo de la Europa Oriental, lo que justifica su papel protagonista en este ‘Abejas grises’.

un apicultor en un árbol practicando apicultura salvaje en Ucrania

Un apicultor, con una colmena silvestre en Ucrania,

Sin datos de la cosecha 2022

Con la invasión rusa a finales de febrero, toda la economía ucraniana entró en una formidable crisis que ha afectado de forma especial a las actividades agrarias. Muchas zonas apícolas han pasado a ser campos de batalla y otras han quedado despobladas. Así las cosas, nadie tiene una evaluación de la temporada 2022 en la apicultura ucraniana, aunque algunas estimaciones hechas en abril por la empresa Noble Honey hablaban de unas pérdidas del 33 por ciento de la cosecha.

En septiembre, un reportaje de Euronews elevaba ese dato hasta pérdidas del 40 por ciento y calificaba de “arrasado” el sector apícola, especialmente en la zona conocida como el ‘cinturón de la miel’ una franja del país ubicado en la zona donde más se ha combatido.

A falta de que estas cifras se confirmen, lo cierto es que muchos apicultores han perdido sus colmenas y otros muchos no han podido manejarlas a lo largo de buena parte del año. Además, las comunicaciones con Ucrania son complejas, con lo que exportar la miel que se coseche será muy complicado.

Esta situación obligará a los compradores de miel europeos a buscar nuevas fuentes de abastecimiento, lo que tendrá un impacto en el mercado internacional de la miel.

Mientras se aclara el futuro del sector apícola ucraniano, la novela ‘Abejas grises’ es una lectura que encantará a cualquier amante de la apicultura y que, además, permite entender mejor la profunda fractura social y política que ha desencadenado esta cruenta guerra en pleno siglo XXI. ¿Te animas a leerla?

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